El Reloj por Carlos Randazzo

El reloj
Por Carlos Randazzo
La Casa de la abuela era grande, de esas casotas viejas de dos plantas .Mario y yo jugábamos todo el día con el balón de futbol. Nos jurábamos la selección del ’78 yo era Kempes y Mario era Luque, Peloteábamos todo el día, desde la mañana hasta el anochecer, Hacíamos tacos, caños y vaselinas. Jugábamos con amor y pasión. Que mas hacíamos si papa no tenía dinero, eso que se mataba en el laburo, así que solo guita para comer y nada más.
En una esquina de la sala, sobre la chimenea, yacía aquel viejo reloj de péndulo. Era un reloj de muchos años, desde que recuerdo siempre dio la hora puntual. Siempre estuvo ahí, incrustado en la pared blanca siempre amenazante, como diciendo “Yo soy el amo del tiempo y ustedes son mis súbditos “.
Desde que recuerdo ese reloj siempre estuvo ahí. Creo que lo había traído el abuelo, desde el almacén suizo de La Boca. Siempre preciso, siempre certero, Solo se detuvo dos veces. Una fue antes de que yo naciera, y ese día murió mi tío Roberto, quien se cayó por las escaleras y se desnuco.
La segunda vez, fue tal vez la más impactante, ya que la viví en carne propia.
Amaneció aquel día, con un sol imponente, un sol muy intenso, un solo como nunca había visto. Mario y yo, como todos los días bajamos corriendo a desayunar chocolate caliente con pan casero, delicioso como solo la abuela sabia hacerlo. Mientras comíamos en el comedor bajo la mirada protectora del reloj pensábamos a donde iríamos a jugar, aun no lo decidíamos. El reloj siempre estuvo ahí, tintineando y dando la hora con precisión.
De repente, cuando nos disponíamos Mario y yo a salir a la calle a jugar, el mítico reloj se detuvo. Algo me olio mal, le dije a Mario que no saliéramos. Mario, como siempre queriendo ser el más macho me hizo salir burlándose de mi prevención. Yo siempre le decía que si para no contrariarlo. Mario era malhumorado y en ocasiones se ponía agresivo y me golpeaba.
Salimos a la calle, caminando mientras tocábamos el balón. Fuimos a la canchita pero estaba ocupada por pibes más grandes. Ellos dejaban jugar a Mario pero yo era muy pequeño y nunca me dejaron. Cosa extraña, me dijo que nos fuéramos, porque siempre que eso pasaba se iba a jugar con ellos y me dejaba abandonado y solo, con muchas ganas de jugar.
Empezamos a jugar en un terreno vacio, cerca al cruce de trenes. Dele y dele a la pelota, cuando en una a Mario se le fue el balón y el corrió hacia la pelota. Esta había caído en medio de la carrilera y cuando Mario se agacho a recogerla, paso el tren. No lo habíamos oído. El tren se llevo a Mario, como la Muerte en Egipto en tiempos de Moisés se llevo a los hijos de los egipcios silenciosa e imperturbable .Lo empujo con violencia y se dio contra el suelo. Yo despavorido corrí a casa por ayuda. Mama Dora, tía Dorotea y la abuela fueron conmigo de vuelta al cruce de trenes. A toda prisa corríamos pero todo fue inútil, Mario yacía inerte, sin halo.
Mientras tía Dorotea llevaba el cuerpo de Marito en sus brazos y gemía, yo solo pensaba en el maldito reloj y en el mal agüero que me había dado. Apenas llegamos a la casa, todo fue silencio, no era para menos.
Tras el funeral le conté a la abuela lo del reloj. Ella se quedo mirándome y me conto lo de mi tío Roberto. El reloj también se había detenido aquel día.
Aquel día la abuela había llamado al tío Roberto a desayunar y el iba alegremente corriendo cuando piso mal un escalón, se cayó y se desnuco.
Yo sentí que pude haber salvado a Marito si le hubiera contado aquella historia .
Apenas llegamos a la casa, tras el funeral el maldito péndulo seguía ahí quietico, mirándonos burlonamente, con la abuela lo descolgamos y lo destruimos con un martillo. Trabajo nos costó deshacernos del maldito.
Todavía me parece ver el reloj en la pared blanca del comedor, aunque ya no este. Cuando bajo a beber leche en las noches siento su presencia y lo veo ahí. Quieto e inmóvil, como esperando la próxima tragedia. Me persigno, bebo la leche y me voy a dormir a toda prisa.

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