El legado de Arístides

Por Carlos Andrés Randazzo Ruiz

VIII

Les voy a contar la historia de un hombre llamado Arístides, un ateniense como ningún otro, uno que mereció el apelativo de “El Justo” por parte de sus conciudadanos. La vida de Arístides fue de constante y devoto servicio a su patria, siempre actuando en pos del bienestar de su país y pensando poco en su propia fama o gloria personal.  Un episodio muy diciente sobre la grandeza de Arístides es que el día de la crucial batalla de Maratón  ( 490 A.C. ) le correspondía el mando del ejército de Atenas ( por un curioso sistema de reparto del mando entre los generales en el cual se alternaban el mando cada día a fin de evitar golpes de estado ) , y Arístides reflexiono y concluyo que Milciades ( otro general ateniense ) estaba más capacitado que el para liderar al ejército durante la batalla y prefirió ceder el mando a este aquel día. Renuncio a la gloria que obtuvo Milciades al vencer al gigantesco ejército persa pero con su sacrificio supo ser útil a su patria. El gesto liberal de Arístides tuvo una repercusión enorme con el  Atenas conservo su libertad  y pudo llegar al cenit de su grandeza militar, cultural y política.

Al gesto patriótico de Arístides  debemos hoy poder leer la filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles,  recitar los poemas de Simónides de Ceos   y leer  los diálogos de Esquilo, Aristófanes, Eurípides y Sófocles,  leer las historia de Herodoto, Tucídides y Jenofonte,  o admirar los edificios y esculturas del gran Fidias.

El ejemplo de Arístides es de lo que debería ser un político  y sobre todo un ciudadano. Pero tristemente en Colombia carecemos de aristides y tenemos otro tipo de líderes unos que quieren el poder por el poder y no para servir a sus conciudadanos, que anhelan prensa, fama y reconocimiento  a cualquier precio, que dominados por la arrogancia y la vanidad no son capaces de ver que hay otros más capacitados para el mando y prefieren entorpecer y poner palos en la rueda, con tal de no ceder un ápice de su “poder e influencia”.

En Colombia tenemos muchos arquitectos y pocos albañiles, queremos mandar pero no sabemos servir. No somos capaces de anteponer  las necesidades del país a las nuestras. Creemos que uno ocupa un cargo público para pavonearse  y regodearse,  para sentirse importante y para abusar de las prerrogativas que nos confieren nuestros conciudadanos. No perdamos de vista que cuando somos funcionarios públicos nos debemos por entero a la comunidad a la cual servimos. Como dijo Thomas Jefferson:   «Cuando alguien asume un cargo público debe considerarse a sí mismo como propiedad pública».

Espero que reflexionemos porque  muchos de nosotros estamos llamados a liderar este país no solo en la política, sino también en los negocios, la academia y otros tantos sectores de la vida nacional. Aprendamos a reconocer la valía del otro y a tragarnos nuestro orgullo.

Que no siga siendo cierta la frase de Winston Churchill: “”La falla de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”.

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